jueves, 18 de septiembre de 2008

dos.- LÍNEAÁGATA. LOSTESOROSDELECUMBERRI


Hace algunos años, en una de sus caminatas, Guadalupe encontró un papel tirado. En sus primeras líneas se leía -Pregunta en donde está el Cerro del Gigante- seguido de un largo texto en el que se daban las instrucciones exactas para llegar a 150 barretones de oro.
“(…) En la dirección que está al lado del ojo de agua, habrá un río, camina dos metros y al llegar… ¡escarba!”, es una de las instrucciones que se puede leer.
Al final del documento está la firma de Juan Gutiérrez. Es una carta enviada de la ex cárcel de Lecumberri, el “Antiguo Palacio Negro”. El destinatario: Pedro Razo.
Cuando le preguntan por su profesión Guadalupe contesta “buscatesoros”. Hace 10 años su respuesta hubiera sido albañil, pero se fracturó las dos piernas y tuvo que dejar ese oficio.
Él es un buscatesoros, profesión extraña en estos tiempos. Tiene 63 años y siempre usa el mismo sombrero café. Ahora, cuando no está cuidando una fábrica como velador, Guadalupe Ordaz Mendoza se dedica a explorar la periferia de León.
Sobre todo por las colonias suburbanas: Alfaro, Medina, La Selva, a veces en el centro, en casonas viejas.
No tienen ninguna ambición, pero sí sueña con algún día poder desenterrar un antiguo baúl del tiempo de la Colonia, o los vestigios de oro de las culturas prehispánicas que habitaron la ciudad.
“Mis hermanos ya hasta me dicen que estoy loco, pues razones tendrán”, dice Guadalupe caminando con su bicicleta cerca de la comunidad de Alfaro, riéndose consigo mismo.
Algunos años atrás, cuando se encontró este texto con las indicaciones de uno de los ladrones presos en Lecumberri, comenzó más en forma su andar tras posibles tesoros.
Leyó como se hacían los detectores de oro durante la “fiebre de oro” en Estados Unidos e hizo uno. 2 varitas en formas de “L” que tienen cobre en la punta son sus principales indicadores. Los carga y utiliza con fe, sus facciones lo comprueban.
“Son de cobre y cuando llego a un hallazgo estas varitas agarran mucha vibración y se cruzan, cuando hay algo se cruzan y en ese lugar empiezo a cavar”, dice Guadalupe mientras su nieta Cristina lo ve con asombro sentada, con los codos sobre la mesita de la cocina.
Un día llegó a una construcción en la que trabaja. Le pidieron que escarbara un hoyo en una de las zonas de la casa. Desde ese tiempo ya sabía un poco de tesoros gracias a un texto que le fue regalado escrito por Vicente Contreras.
Un joven veía lo que hacía y se ofreció a ayudar. Dice Guadalupe que un tesoro debe ser repartido por todos los que ayudan, y hasta los que sólo son mirones.
“Cavamos el hoyo y cuando ya estaba muy hondo, encontramos una caja, de unos 5 por 2. Estaba muy enterrada pero le cavamos alrededor para sacarla. El muchacho este se desesperó, no hubiera hecho eso, pateó y el cofre este o baúl se hundió y sintió como si lo jalaran, sentí miedo porque cuando quise sacarlo no se podía mover”, cuenta Guadalupe, del día que vio el primer cofre que pudo haber sido sólo para él.
Luego de lo ocurrido por su acompañante, no quiso saber más de ese lugar.
Guadalupe tiene en su casa un altar con cuatro arcángeles que protegen sus indicadores de tesoros.
“Yo los encomiendo con los arcángeles, esto es cosas seria. A veces si te profundizas mucho te puedes quedar en una de esas búsquedas y pues sí necesitas de otra protección divina”, dice Guadalupe.
Muy seguro en su hablar, Guadalupe da gracias a los chamanes que conoció en el barrio de San Miguel. Él ha podido ver en la zona arqueológica de Alfaro, uno seres pequeños que denominan -Jurícos-.
Cuenta y se emociona al tiempo que juega con una de las ollitas que carga para recordar que sí ha encontrado cosas valiosas.
Estos seres blancos de dimensiones pequeñas (los jurícos) merodean las zonas arqueológicas para cuidar los tesoros. Guadalupe asegura que ya han logrado sacar a algunos.
“Dicen que los han sacado, como ahora bajan más los arados con los discos de fiero se los han encontrado, llenos de pulseras y alhajas de oro llenos en sus manos”, relata Guadalupe.
Hoy, Guadalupe quiere volver a emprender la expedición en búsqueda del tesoro de Pedro Razo y Juan Gutiérrez. La falta de dinero y la incredulidad de algunos le impiden hacerlo.
Lo cierto es que Guadalupe Ordaz conserva el espíritu de aventura, la fe y la necesidad natural del hombre por añorar.
Su figura se va alejando, cerca de la comunidad de Álfaro. Su bicicleta rojo oxido se detiene, y sólo se puede ver ahora la silueta a contraluz de un hombre que acerca un par de varitas de metal a la base de un guizache.

1 comentario:

Jesús Padilla dijo...

Que pasó mi gûicho ya nos andas picando los ojos. Este buen reportaje todavía no lo publicamos en Al Día. Saludos.